Las célebres Farmacias Habaneras: patrimonio de la Habana Vieja – Radio Habana Cuba

En La Habana colonial existió un buen número de farmacias, llamadas también Boticas, famosos establecimientos por sus productos, por la belleza de los locales que ocupaban y por sus instrumentales, a donde los habaneros no solo solían asistir en busca de opio, alcanfor, jarabes, ungüentos y otros remedios, sino también para comentar temas de actualidad.

Según las Actas del Cabildo, fuentes de documentación para valorar la historia médica del siglo XVI se supo que un tal Juan Gómez fue recibido, el 26 de agosto de 1552, como barbero y cirujano convirtiéndose en el primero que se relacionó con el arte de curar en la villa de San Cristóbal de La Habana.

Aunque, no hay ningún indicio de su ejercicio, e incluso no figura en la lista de vecinos y moradores de la villa que, tres años después del ataque del corsario Jacques de Sores, fuera publicada en 1555.

En aquella época, los habaneros no pasaban de 400 personas y por supuesto carecían totalmente de atención médica. Por casi 60 años, sólo alguno que otro cirujano, al arribar con las flotas, se quedaba por un tiempo a cambio de una mensualidad. No obstante, existía  la preocupación por parte de las autoridades españolas en procurar médicos, cirujanos y boticarios que residieran de manera permanente en la colonia.

El primer cirujano médico que realmente ejerció su profesión en La Habana fue Francisco Peláez Pérez, quien llegó en 1572 y ganó gran prestigio como tal, prestando sus servicios por intervalo de 15 años no sólo a las tropas –para lo cual había sido destinado– sino al resto de la población. A él pertenece la primera mención de un caso de sífilis en la Isla, en 1586, y su tratamiento con unciones de mercurio.

En 1598 sólo existían dos boticas en este pueblo, la de Sebastián Milanés  situada, en la calle Real, hoy Muralla y la de López Alfaro, cerca del desagüe (Callejón del Chorro), las medicinas que se vendían, venían de Castilla esporádicamente, y hasta que no se acababan no se hacía de nuevo el pedido, en muchas ocasiones vencidas y carentes de valor.

No es hasta 1610 que llega a la entonces villa de San Cristóbal de La Habana, el primer Doctor en Medicina, Juan de Tejeda y Pina, graduado de la Universidad de Salamanca, al que el Ayuntamiento contrata como médico de la ciudad por el período de un año.

En la ciudad colonial la gente vivía sin concebir que las epidemias –por ejemplo– tuvieran alguna relación con la limpieza. Es así que1613, comienza a extenderse por la villa la lepra.

Años después, en 1621, se reporta una epidemia de fiebre infecciosa que altera el índice de defunciones, situación que vuelve a repetirse entre 1633 y 1636, sin que se sepa a ciencia cierta cuál es realmente la enfermedad causante de la desgracia.

Con la epidemia fallece el doctor Bartolomé de Cárdenas, quien había sustituido a Tejeda como médico de la ciudad, y meses después, en 1637, muere Francisco Muñoz de Rojas, cuyo título de Protomédico y Examinador de todos los doctores, cirujanos y barberos, boticarios y parteras en el territorio de la Isla, le había sido adjudicado por el Rey.

Hasta la fecha eran sólo cuatro los médicos que habían venido a la Isla en más de un siglo de iniciada la colonización. Pero no es hasta el 20 de agosto de 1642 que se asienta el primer boticario con título, Francisco Carmona.

En 1655 regresa a La Habana, tras estudiar la profesión en México, Diego Velázquez de Hinostrosa, el primer cubano que se graduaría como médico y que ejerciera junto al doctor español Lázaro de Flores, el más notable de cuantos hubo en el país durante el siglo XVII y quien publicara la primera obra científica redactada en Cuba: Arte de navegar, impresa en España en 1673.

Desde 1570 España había introducido en varios de sus territorios conquistados la institución del Protomedicato que consistía en un consejo presidido por un médico con autoridad para examinar y regular el ejercicio de los demás médicos, cirujanos, comadronas, inspeccionar boticas y hospitales e informar sobre las drogas y aguas del lugar.

Las boticas eran visitadas para examinar la calidad de los medicamentos, o analizar si padecían corrupción, además para enfrentar hechos tales como la adulteración de medicina y su excesivo precio de venta.

En aquella época prevalecían desacuerdos entre médicos y boticarios,  el comercio de medicinas cobraba cada vez más auge a medida que se iba ampliando la asistencia médica a la población.

Aunque estaba prohibido desde 1617 por la legislación española, muchas veces los propios médicos preparaban y prescribían medicamentos y los vendían directamente a los pacientes, por hábito y también por afán de ganancia. En tanto algunos boticarios no sólo preparaban prescripciones sino que fabricaban grandes volúmenes para su comercialización e importaban bajo su exclusiva competencia las materias primas para la preparación de las medicinas.

En 1746 los boticarios no excedían de 20, de ellos sólo cinco eran habaneros, el resto, eran españoles, su explicación se debe a que la botica era un comercio y para instalarse tenían que afrontarse gastos que implicaban poseer ciertos bienes de fortuna.

El verdadero auge de la farmacia en Cuba tiene lugar a partir del siglo XIX, cuando esta rama va adquiriendo su propia independencia con respecto a la práctica médica, es cuando muestra la diferencia entre el farmacéutico como fabricante de medicamentos y el médico como terapeuta

Las boticas en 1834 estaban como en tiempos primitivos, con toscos armarios de pinos, pomos de loza ordinaria con tapas de hoja de lata y rótulos en tiras de papel, a partir de entonces comienzan su despegue comercial con la introducción de nuevos productos farmacéuticos salidos de las principales droguerías de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, múltiples fueron los adelantos de esta ciencia.

El arte y el lujo se hicieron notar en estos establecimientos  entre mármoles, ricas vidrieras y mostradores, las farmacias trajeron a sus estanterías de caoba, pomos de porcelana y cristal, sucediendo a los antiguos.

Un establecimiento que ganó prestigio en su época por la calidad de sus productos y los razonables precios fue la Farmacia Taquechel, antigua casa de vivienda adaptada en 1898 para establecer una importante farmacia, por el eminente farmacéutico, Francisco Taquechel.

Con una estantería típica, anaqueles bien dispuestos, la farmacia exhibía pomos de porcelana con variados y originales recipientes de loza y vidrio para almacenar medicamentos y drogas francesa, además de útiles de farmacia y libros que acopiaban las recetas, la Farmacia Taquechel, logró fama y preferencia para su tienda y laboratorio, no solo en la capital, sino en toda la Isla.

A esta competencia por el lujo y la elegancia se le unió, otras famosas boticas o farmacias de la época como tenemos la Droguería Johnson, la farmacia La Reunión conocida también como botica Sarrá, perteneciente al doctor José Sarrá, quien fuera el primer presidente del Colegio de Farmacéuticos de La Habana creado en 1880.

Los Johnson fueron fabricantes de insecticidas, desinfectantes, perfumes, y productos farmacéuticos en general. Exportaron e importaron perfumería, así como productos biológicos  y químicos, sueros y sulfas. Entre sus especialidades farmacéuticas aparecían los aceites y elíxires del complejo B, y en la perfumería eran famosas sus Aguas de Lavanda, Verbena y Violeta.

El 20 de mayo de 1853 se establece en la calle Teniente Rey, no. 41, la farmacia La Reunión, nombrada así por sus dueños, la sociedad Catalá, Sarrá y Co,  con el propósito de agrupar en un mismo sitio las farmacias alopática y homeopática. Cuando en 1865 esa sociedad se disuelve, se crea otra bajo el sello de Sarrá y compañía.

La Reunión, en 1886,  era una de las farmacias más elegantes y prestigiosas de la Habana, llegando a considerarse a principios del siglo XX la segunda en importancia en el mundo y la primera en Cuba por su amplio repertorio de fórmulas propias,  los productos que aquí se comercializaban y los que se elaboraban como su famosa Magnesia Sarrá, el aceite de hígado de bacalao de Sarrá , eran de alta calidad.

Al paso de los años este inmueble sufre profundas remodelaciones estructurales. Los dueños fueron adquiriendo distintas casas colindantes a la botica, droguería y escritorio que ya existían, ya no solo para colocar sus almacenes, se le agregan laboratorios, áreas de oficinas y otras zonas para la producción de medicamentos, para 1912, el complejo farmacéutico abarcaría 18 inmuebles, llegando a convertirse en el mayor negocio farmacéutico de la época en América, incluso se conoció como “La Mayor del Mundo”

La dependencia que el ser humano ha tenido de la medicina en todos los tiempos, queda evidenciada en estas memorables farmacias donde se combinaban la excelencia, la tradición y la exquisitez.

Antes de 1842, el Boticario se formaba casi en la práctica del mostrador, hoy la Farmacia es un capítulo importante de la parte práctica de la Física, de la Química, de la Botánica y de la Zoología, ilustrado por la Lógica y la Moral.

El farmacéutico llega a ocupar un lugar de suma importancia, si el médico, por ignorancia, precipitación o descuido, aventura una prescripción que pueda poner en peligro la existencia de un enfermo, el ilustrado farmacéutico le advierte el daño posible, el médico corrige la prescripción y se salvan a tiempo la vida de un hombre y la fama de un facultativo.

Ya en 1863, la Facultad de Farmacia se emancipa para siempre de la de Medicina y Cirugía.

Hoy por la belleza y la importancia histórica y documental, estos sitios poseen la condición de Patrimonio Mundial. Y como testigos importantes de una época fundacional  los emblemáticos sitios acogen el Museo de la Farmacia Habanera. (Recopilación de Internet y revista Opus Habana)